25/12/2009 | AP.-El Paso, Texas.- Están casi pegadas, separadas por el río Bravo. Pero no tienen nada en común.
El Paso es un modelo de civismo, mientras que CiudadJuárez, del lado mexicano de la frontera, es escenario de una sangrienta guerra.
En Juárez colocan a la gente contra una muro y la balean. Le cortan los miembros a las víctimas. Hay cadáveres que se pudren en las calles o que son enterrados muy por encima en el desierto. Estallan tiroteos a plena luz del día. A la gente le da miedo salir a la calle.
En El Paso, durante el otoño los viernes por la noche se juega futbol estadounidense en las escuelas secundarias, se enciende un árbol de Navidad y hay un desfile que atrae a miles de personas.
Una despiadada guerra entre los carteles de la droga mexicanos ha dejado unos 4,000 muertos en los dos últimos años en CiudadJuárez, urbe de 1,5 millones de habitantes considerada una de las más peligrosas del mundo.
El Paso, con 600,000 habitantes, registró menos de 30 asesinatos en el mismo periodo y fue considerada hace poco la segunda ciudad de su tamaño más segura de Estados Unidos por la publicación Congressional Quarterly, del Congreso. La única urbe más segura es Honolulu.
¿Cómo hace El Paso para no ser salpicada por la violencia de Juárez? La principal razón, según expertos en el tema, es que los traficantes operan desde el lado mexicano de la frontera y casi no pisan El Paso.
Los residentes de la ciudad texana se sienten afortunados.
"Tenemos esta designación (de ciudad segura) desde el comienzo del nuevo milenio", comentó el concejal Steve Ortega. "Siempre nos hemos sentido orgullosos de ello y más ahora, tomando en cuenta lo que sucede en CiudadJuárez".
Mientras en El Paso la gente disfruta de una vida apacible, sus vecinos mexicanos viven abrumados por la violencia.
Deben pasar puestos de inspección instalados por los más de 7,000 soldados enviados a Juárez. Temen terminar en el medio de un tiroteo en cualquier momento y no se animan a mirar a la gente de otros autos cuando paran en un semáforo porque piensan que alguien puede sentirse provocado y abrir fuego.
"Desde mi casa escucho tiros todos los días y me pregunto quién habrá muerto", comentó Humberto Rico, quien trabaja en la Universidad Autónoma de CiudadJuárez y participó hace poco en una marcha de miles de personas contra la violencia. "Es algo cotidiano. Todos tenemos miedo y no salimos de casa, ni yo ni mis hijos. No salimos a comer ni vamos al cine porque se escuchan tiros todo el tiempo".
Por años, mucha gente ha dicho que es imperioso reforzar la vigilancia de las fronteras para evitar que se propague la violencia, como sucedió cuando Miami pasó a ser el centro del tráfico de drogas en las décadas de 1970 y 1980.
Pero nada de eso ha pasado.
Una posible explicación: Hay violencia donde hay drogas y dinero, pero las drogas y el dinero siguen de largo, no se quedan en El Paso, sino que buscan mercados más grandes, afirmó David Cuthbertson, agente del FBI a cargo de la oficina de El Paso.
Los carteles, por otra parte, manejan sus asuntos desde CiudadJuárez porque el costo de vida es más bajo y resulta más fácil comprar policías, de acuerdo con Peter Moskos, profesor del John Jay College of Criminal Justice de Nueva York.
Howard Campbell, sociólogo de la University of Texas-El Paso y experto en la violencia de Juárez, dijo que los carteles mexicanos aprendieron de lo sucedido a los colombianos cuando se instalaron en Miami. Saben que si arman revuelo, habrá una fuerte respuesta de las autoridades.
"Se puede decir que Miami fue un experimento y que los carteles mexicanos no quieren que eso se repita", declaró Campbell.
El Paso, no obstante, no está totalmente inmunizado.
"No conozco una sola persona que no haya sido afectada directa o indirectamente, desde aquellos que tienen allí a alguien que ya no pueden ver hasta quienes van de compras o a comer a Juárez", señaló Ortega.
Algunos residentes de El Paso sufren cuando tienen que visitar Juárez.
Ernesto Arzaga, quien vive en El Paso con su esposa y sus dos hijas, va todos los días a Juárez porque tiene allí una peluquería y un restaurante. Dice que su negocio fue robado dos veces y que constantemente le piden dinero a cambio de protección.
"Cuando cruzas el puente, no te sientes a salvo", declaró Arzaga. "No confías en los soldados ni en los policías. No confías en nadie".
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